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domingo, 8 de enero de 2017

El resto de la historia






Hace cuarenta años, se escapó a aquellas horas de su casa porque iba a tener lugar una sesión de historias de fantasmas y miedo en la zona recreativa del bosque. La tarde anterior había asistido a un pase que había de cuenta cuentos para mayores en la biblioteca de la Villa, después la mujer que había contado los relatos, repartió unas invitaciones para quién deseara acudir a la quedada de la medianoche.

Katalin se moría por acudir, la cuenta cuentos poseía una manera de hablar magnética y modulaba la voz para cada personaje, que te mantenía fija en ella, en el sonido de palabras que iban saliendo de esos labios rojos y brillantes. 

Toda ella en conjunto hipnotizaba, vestía una casaca negra y vaqueros, botas de piel vuelta y media caña; sus manos lucían tatuajes de muchos y variados símbolos minúsculos. Era una mujer muy atractiva, de cabellos rubios y ojos de terciopelo azul. Por momentos, la envidiaba y deseaba ser como ella cuando tuviera algunos años más. A pesar de contar historias de fantasmas, lo hizo de tal manera que le había dejado con ganas de más y ella, que sabía que con sus quince inviernos eran motivo suficiente para que sus padres no la dejaran salir de casa por la noche y sola, decidió que escaparía.

Porque a veces las ganas de hacer algo movilizan tanto tu corazón e interior que haces lo que crees que debes hacer y punto, aunque sepas que no está bien, porque te nace de dentro. Y no lo puedes parar y más al escuchar a esa mujer de su propia boca que ya no iba estar más allí, al día siguiente marcharía a otra ciudad porque estaba inmersa en un tour contratado por el área de cultura de los ayuntamientos a nivel nacional. 

Sin embargo, la realidad superó a la ficción porque Katalin esa misma noche se convirtió en su propio fantasma. Aquella mujer logró que ella y las otras seis personas que acudieron a la cita, tomaran una bebida caliente, con la excusa del aire frío que arreciaba, y las envenenó.

Convertidos los siete en fantasmas, descubrieron tarde que aquella mujer, en realidad era un demonio que cazaba y encadenaba almas imprudentes y pasionales para mantenerse eterna con la energía de ellas. Como si de una transfusión de sangre se tratara, la esencia de las almas de los inocentes le renovaba la belleza, la juventud y la salud que tanto deseaba el ser maléfico. Cada veinte años cambiaba su presencia exterior para que nadie le pudiera recordar ni darse cuenta de lo anómalo y antinatural de no envejecer.

Y allí se encontraba de nuevo, cuarenta años después. El fantasma de Katalin miraba hacia las luces de la ciudad, le atraía el brillo, el calor que un día abandonó por una luz embrujada, falsa y de eterna maldad que la engañó. El resplandor la cegó, eso fue lo que ocurrió y ese fue su error.

Se dio cuenta de que fue un acto que se convirtió en un punto sin retorno, los remordimientos se adueñaron de ella hasta convertirse en un alma cargada de error y exenta de ánimo cuando reconoció que sólo ella había sido la responsable de todo.
Qué hábil era el demonio para extraer energía, se había aprovechado del sentimiento de culpa de ella y todos los demás, qué listo era, demasiado. 
Por momentos sintió que las cadenas iban soltándose... 

-Ya es tarde, Katalin, ellos no están, te has quedado sola, ¿a dónde piensas ir?

El fantasma se giró, el demonio de ojos amables le extendía una mano para que volviera.

Por unos segundos dudó, no podía regresar al pasado ni volver con su familia como si nada hubiese ocurrido. Pero, las pesadas cadenas menos una que había estado arrastrando habían desaparecido. Pensó que sólo necesitaba pedir perdón y era lo que iba a hacer y fue cuando el último grillete desapareció.


Entonces empezó a avanzar hacia las luces de la Villa por encima del lago, a cada paso las millones de gotas de agua se transformaban en verde paisaje, tierra y luz.  Sentía que respiraba paz como cuando recogía ramilletes de flores en el prado de la casa en la que antaño viviera. En eso consistía la calma de la eternidad verdadera y fue cuando, al fin después de tanto tiempo, volvió a escuchar la voz familiar de su padre que preguntó:

¿Es aquella, Elisenda?

−Si, es nuestra hija, al fin…








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