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viernes, 23 de mayo de 2014

El Niño Fantasma


Me desperté con tal empanada que no sabía ni en qué día de la semana estaba. Joder, sí. Lunes, otro lunes al que sobrevivir más. La noche pasada me había metido en la cama sobre las tres de la madrugada porque no podía apagar el nuevo juego de carreras de coches que me había comprado. A veces me comportaba como un crío.
Todos los domingos me liaba viendo alguna película o con la play. Me pasaba el día dormitando en el sofá después del cachondeo y las birras de los sábados noche y cuando llegaba la hora de acostarme, estaba más espabilado que los búhos.
¿Cuántas horas había dormido? No llegaba ni a cuatro. El día se presentaba duro, muy duro. El jefe, desde la puerta de su despacho, me escrutaría con su cara de mosca y escupiría su típica frase: “Qué pasa, Arraiza, noches alegres…” y riéndose, me señalaría la pila de dosieres a revisar antes del mediodía. Además, a primeros de mes los informes se triplicaban.
Me senté en la cama sin decidirme a ponerme en pie. Para colmo, ya habíamos entrado en diciembre, mes de acontecimientos poco agradables.
En resumen, que mi humor estaba por los suelos, además de estar atontado total. Sonreí al ver a Rufles que venía hacia mí.
Guau, guau.
Eh, Rufles, coleguita — le dije acariciándole entre las orejas a mi bóxer.
Guau, guau, guau, guau.
Shhhhh, calla, calla. Tengo dolor de cabeza, como sigas ladrando me va a explotar.
Guau, guau, guau, guau, guau, guau.
Rufles, silencio, enseguida te saco, ¡shhhhh! —le reñí y Rufles se calló pero tenía las orejas en alto.
¿Por qué le riñes? Vete al médico si estás malo —gritó una voz que se oía fuera de la habitación.
Me quedé quieto y presté atención. ¿Me hablaba el vecino del piso de enfrente? Vaya timbre tenía el hombre, traspasaba las paredes de las dos viviendas. Pero no, recordé que salía de casa al trabajo antes que yo. No volví a oír nada. Miré el reloj y me levanté. Un café expreso me recargaría las pilas.
En la cocina, me senté en una de las banquetas a tomarme la taza de café recién hecho. Cerré los ojos mientras lo bebía. Podía quedarme dormido de nuevo allí mismo. Me obligué a abrirlos de nuevo y vi algo al otro lado de la mesa.
La taza se me resbaló de la mano. Había un vaho pálido que se movía, que se iba volviendo más denso. De pronto, el aire olía a palomitas recién hechas. El vapor parecía ir tomando forma de figura humana.
Puse una mano en mi boca. Pensé: “Joder Bittor, estás flipando”. Me prometí meterme antes en la cama, desde esa misma noche. Rufles empezó a gruñir. La neblina se había materializado en un niño moreno, con pecas y con una de esas camisetas estampadas con el dibujo de cars.
¿No piensas hablarme? Eh, tú. Lo que me ha costado venir, no te lo imaginas. Tenía muchas ganas de conocerte, pasmado —dijo el crío.
Le escruté, alargué una mano para tocarle y le traspasé. Tenía enfrente de mí algo parecido a un arco iris, por eso de verlo y no poder tocarlo, pero con forma de niño y encima, impertinente. Por extraño que pareciera no sentí miedo, sólo estaba confundido. Tal vez el no dormir lo suficiente tenía esos efectos paranormales. Rufles continuaba gruñendo y mirando en la misma dirección a la que yo miraba.
¿Qué eres? ¿O quién? —dije atolondrado.
Ya lo has comprobado por ti mismo, ¿no? —respondió sonriéndome.
Es que no lo tengo tan claro…
Decir en voz alta que era un fantasma era como reconocer que alucinaba. Lo siguiente ¿qué sería? ¿hablar con Rufles y que el perro me contestara?
¿Te da vergüenza decir que soy un fantasma? —preguntó—. Pues sí, soy un fantasma. Estás viendo y hablando con un fantasma. Ese soy yo. He venido para conocerte, para que me cuentes algunas cosas y ahora, sólo estamos perdiendo el tiempo.
¿Por qué conocerme a mí?¿Qué cosas te voy a contar?
Pues cosas, cosas guays, como cuáles han sido las carreras más guays y emocionantes de la fórmula 1 o qué videojuegos te gustan más. Sé que esas son las dos cosas que más te gustan.
No entiendo nada…
A ver, si es muy fácil, ya te lo he dicho.
Sólo me has dicho que eres un fantasma, que has venido a conocerme y que quieres hablar. ¿Cómo puede ser que yo esté diciendo todo esto a un supuesto fantasma?
Vale, a ver, es un secreto, así que no puedo chivarte nada. He prometido no decir ni mú. De lo contrario, no me dejarán quedarme aquí contigo. Es lo que hay —contestó arrugando la naricilla.
¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes o tenías?
No te diré el nombre pero sí que cuando morí tenía ocho años, creo recordar. A veces lo tengo que pensar, hace tanto que ocurrió y prefiero no tener que acordarme. Hasta he escogido otro cuerpo para venir aquí. Mola mi camiseta, ¿a qué sí?
¿Qué te pasó?
Oh, es demasiado triste, prefiero hablar de otras cosas más divertidas.
¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
De momento, unos días, ya te iré diciendo.
Así, durante las dos semanas siguientes, Rufles y yo comenzamos a compartir la mesa de mi cocina con el niño fantasma. Rufles no volvió a ladrar ni a gruñir durante la estancia de nuestro extraño invitado. Creo que la aparición le había confundido tanto como a mí.
A las mañanas me despertaba el aroma a palomitas recién hechas y sabía que un día más, el fantasma del niño estaría en mi cocina.
Cuando me levantaba, charlábamos hasta que me iba a la oficina y por la noche, le enseñaba los juegos que tenía de la play y le buscaba carreras míticas de la fórmula 1 en internet que le dejaban con la boca abierta.
Nunca le pregunté nada de su secreto y él tampoco habló de ello.
En cambio, quería saber muchas cosas de mí. Cuál era mi comida y bebida preferida. Si me gustaba el fútbol. Cuando le dije que era del Athletic de Bilbao hasta la muerte, se puso a cantar el himno y yo le seguí. Acabamos gritando desgañitados. Después dijo con tristeza que, haber estado en el estadio de San Mamés, hubiera sido una de las cosas que más le hubiera gustado hacer en la vida. Yo le contesté que ahora en su situación podía acercarse y colarse. Él negó con la cabeza y dejó escapar en voz baja que, sólo podía elegir un sitio para visitar. Me sentí halagado. Aunque no supiera por qué había escogido mi casa y mi compañía. Me hubiera gustado saber algo más pero no insistí.
Un día le comenté que me parecía raro que él, un niño de ocho años quisiera estar con un adulto como yo. No era que yo fuera muy mayor, tenía veintinueve años. Como diría mi madre, estaba en la flor de la vida. Pero desde su perspectiva, yo le tenía que parecer un viejo, un desfasado.
Anda, majete, que no podías haber elegido a un chavalín como tú, esos sí que te hubieran enseñado juegos muy guapos, o bueno, una chavalita, je, je, je.
Él no contestó, supongo que tendría motivos aplastantes para haberme seleccionado y no soltaba prenda. Intrigante. Todo él.
Una de las noches me pidió que le enseñara fotos de cuando yo era pequeño y de mi familia. Le dije que tenía muy pocas. “Mi madre tiene un montón, se las pediré porque estas son escasas”. El asintió con ansia. Las llevé de casa de mi madre al día siguiente. Tenía media docena de álbumes. “Te vas a aburrir de ver fotos” le dije.
Le fui diciendo quién era quién, mis padres, mis tíos, primos, amigos del colegio. El se detenía en cada una de ellas y de vez en cuando me preguntaba en dónde estaban hechas o en qué año.
Cogí el último álbum y antes de abrirlo me di cuenta que aún no le había contado algo muy importante de mi vida. Al decírselo, él me miro y asintió.
Tuve un hermano que murió.
¿Cómo se llamaba?
Galder, tenía ocho años como tú. Se ahogó en la piscina climatizada del polideportivo.
El niño fantasma se replegó al contarle aquella desgracia. Tal vez le había recordado a su propia muerte, de la que nunca me podría hablar.
Yo no le conocí porque pasaron tres años hasta que yo nací. Su muerte hundió a mis padres en la pena, a punto estuvieron de separarse.
Menos mal que no lo hicieron, ¿no?
Claro, si no, yo no estaría aquí y ahora. Mi madre dijo que una noche que no podía parar de llorar, notó un soplo en las mejillas y quiso creer que era el aliento de Galder que le quería secar las lágrimas. Ella le prometió en susurros que sería fuerte a partir de entonces.
Hecha la confesión, abrí el álbum y le enseñé fotos de mi hermano mayor. Se rió mucho al verle tan pelón recién nacido. Estuvo mucho rato observando las imágenes en las que Galder salía montado en una bicicleta roja con sillín ancho. Dijo que a él le gustaban mucho las bicis y que había tenido una igualita que ésa. “Soñaba que de mayor me compraría una moto” dijo con la voz tomada.
Le miré. Por primera vez me di cuenta, que sólo era un niño, que había pasado por algo demasiado traumático y que no tenía que haberlo asimilado todavía. Si a los adultos nos costaba, más a un chavalín que sólo pensaba en divertirse y jugar. En esos momentos, le hubiera abrazado si no fuera porque sería un acto al vacío. Me conformé con sonreírle y él creo que adivinó mis pensamientos.
La mañana del veintiuno de diciembre, me desperté y, como siempre, fui a la cocina a saludarle. Vibraba, no se estaba quieto, su mirada había perdido brillo y al querer hablarme, apenas despegaba los labios. Balbuceó:
Me lo he pasado muy bien contigo, Bittor. Conocerte ha sido guay.
¿Qué pasa? ¿Me estás diciendo adiós? —me senté como siempre enfrente de él.
Ya te dije que sólo estaría algunos días —parecía enfadado.
¿Por qué hoy? ¿Te han mandado que te marches? ¿O lo has decidido tú? —me había pillado de sorpresa y aunque pareciera increíble me había acostumbrado a la presencia del pequeño fantasma.
Se ha cumplido lo que yo quería, te he conocido y he estado contigo. Tengo que irme.
Quédate al menos unos días más, pasa la aburrida navidad conmigo, mi familia dejó de celebrarla hace mucho tiempo, ya sabes lo de Galder…
Bittor, me voy, no puedo quedarme más.
¿No me vas a decir cómo te llamas? ¿De quién eres el fantasma? —pregunté en un último intento.
Me van a reñir por decirlo pero, tiene que ver con estas fechas, ¿mañana qué día es?
Tardé unos segundos en reaccionar. El día siguiente, veintidós de diciembre, era la fecha en la que murió Galder. Le miré y no supe qué decir.
Creo que ahora ya lo sabes.
Mi hermano mayor dibujó una sonrisa en su boca y leí en sus labios: “Hasta siempre, Bittor”. Su figura de niño se fue convirtiendo en vaho que fue disolviéndose por completo. El otro lado de la mesa quedó vacío y Rufles gimió con la cabeza gacha. No quedaba ni rastro del olor a palomitas.
Me quedé un rato pensando. Había conocido a mi hermano, en persona. La vida, o la muerte, había quebrantado sus leyes inmutables durante ese lapso de tiempo para que dos hermanos que no se conocían, tuvieran la oportunidad de hacerlo. Por un momento, me dije que ese disparate no podía ser real. Sin embargo, yo daba fe de que había visto, hablado y olido su presencia. Miré mi reloj y cogí el teléfono para llamar a mi madre. Tal vez ya estaría en su trabajo. Me dije que le llamaría a la tarde sin falta. Colgué.
Decidí ir al cementerio, nunca había visto la tumba de mi hermano. Me abrigué y fui dando un paseo con Rufles. El guarda no permitió que el perro entrara al recinto. No le importó que se quedara con él en la garita.
No sabía la ubicación de la lápida pero tenía todo el tiempo del mundo y todas las ganas para buscarla. Tuve suerte y en la segunda calle, el musgo la recubría por los lados. Leí: Galder Arraiz Foscos. Aparté las hojas secas que cubrían sus años de nacimiento y muerte: 1981 – 1989.
Hasta siempre, hermanito” dije en alto apartando una lágrima. Entonces el aire o Galder, quién si no, sopló en mi mejilla. Al menos eso quise creer.


(Historia registrada y protegida en Safecreative y Myfreecopyright)



FELIZ VIERNES Y FELIZ FIN DE SEMANA. Si os topáis con algún fantasma , ya sabéis, es por la energía que desprendéis ;))
Besos gente.








13 comentarios:

  1. Guuao... Un gran relato. Me introduje rápidamente en el mismo, me sentí triste al final.

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    1. Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado, es verdad que el final es pelín triste, pero por lo menos se conocieron...

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    2. Lo acabo de terminar de leer y siento un calor de lágrimas en los ojos, pero me voy a aguantar. Me hiciste pasearme por varias emociones y la lectura se me hizo súper fluida ¡Me encantó! Y qué bueno ese final abierto que me permite soñar al protagonista mejorando su vida y tal vez acercándose más a sus padres...

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    3. El halago más bonito es que los lectores se emocionen con lo que el autor ha escrito. Sin duda, me siento feliz. Gracias Ines, por tu sinceridad y tus comentarios.
      Un beso:))

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  2. Buena historia! Me encantan las historias de Fantasmas, lo primero que leí era una antología de las obras de Poe. Saludos

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    1. Ya eres de mi club de fans de lis fantasmas. Tienen tanto que contarnos!!
      Gracias y saludos desde el corazón.

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  3. Encanta de leer esta historia, los hermanos se conocieron, al final una triste despedida, felicitaciones Larrú, una historia muy buena

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    1. Un final algo agridulce, como la vida, en general, muchas gracias Alejandra, disfruta del fin de semana! Besos.

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  4. Buena historia y qué bien contada. Tengo los ojos humedecidos y eso es señal de que... zorionak!!

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    1. No es que quiera que lloréis... pero me alegra que te haya emocionado, muy importante que las historias nos toquen ahí dentro. Eskerrik asko!

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  5. me ha gustado, el final es muy emotivo. saludos

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    1. Pues entonces me quedo satisfecha, gracias por entrar y leer. Y por supuesto por tan buen comentario. Un saludo:))

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  6. Una gran historia de fantasmas narrada con una naturalidad estremecedora. Tierna y profunda, construida mediante diálogos muy bien escritos, lo que hacía que las escenas resultasen muy reales, a pesar de la fantasía. Un hombre que recibe la visita de un fantasma, de un niño fantasma, y con el cual mantiene una relación cercana con el paso de los días, hasta que descubrimos, antes que el personaje, que se trata de su hermano mayor, quien murió en una piscina. Triste historia la del niño, pero bella a su vez la del presente. De todos los sitios que podía haber elegido, se decidió por conocer a su hermano pequeño.
    Un saludo, Larrú.

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