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#ProyectoAcércate,Briseida: La historia en papel.

La espera ha terminado. El final y el libro completo ya están disponibles en Amazon, no os entretengo, os dejo los enlaces a ...

miércoles, 28 de mayo de 2014

La Cita


La primera vez que vi este vídeo me dejó un rato pensativa, quieta, preguntándome que por qué la vida, la muerte o el destino juegan de esta manera con las personas. No di con la respuesta entonces ni ahora, ni nunca la sabré porque esta vida es así, un misterio.

Lo que si saqué en conclusión fue, aprovecha el presente que vives y haz lo que sientas que debes de hacer en ese mismo momento. No lo dejes pasar porque tal vez es tu última oportunidad. 

Pero claro, yo que no puedo dejar de darle vueltas a las cosas, me pregunté:
"¿Y si dices que sí a esa oportunidad pero no puedes ir a por ella porque entonces mueres?

Mi imaginación se encargó del resto y comencé a escribir. Todo este embrollo dio lugar a LA CITA.
En el sondeo que hice hace poco, este relato quedó en segundo lugar como historia que os llamaba más la atención. 
Me he dado cuenta que a  LA CITA le ha llegado su oportunidad...


Damas y caballeros , googleros+ y googleras+, el avance de LA CITA:




—Uf, esta habitación huele a tu hermana, a flores de azahar, demasiado cargada —dijo Irune—. Cuando nos vayamos, dejaremos la ventana abierta.

—Sí —dijo Kerman—. Le dije más de una vez que si se empapaba con la colonia.

Kerman cerró el frasco abierto del perfume que su hermana dejaba en la mesilla. Creyó, por unos instantes, que Anaís pasaba el fin de semana fuera, en casa de su amiga Miren o Lorea.

—Me está atufando, es como si estuviéramos en el campo, rodeados de azahar, me marea.

Kerman regresó a la realidad.

—Cojamos un vestido para llevar a la funeraria y nos largamos. No quiero pasar más rato en esta habitación. No se me quita la imagen de mi hermana Anaís tirada en el suelo, muerta. No puedo creer que mañana la enterremos.

—Kerman, voy a sentarme, igual me desmayo —dijo Irune entre carraspeos—. Espera un poco, por favor.

Irune se sentó en la cama. Agachó la cabeza y se frotó las sienes. Comenzó a toser, parecía ahogarse. Kerman le dijo que se tumbara, cerrara los ojos y respirara poco a poco. Le acarició el brazo.

—¿Se pasa?

—Es que este olor se me ha agarrado en la garganta —dijo Irune sin abrir los ojos y la tos le volvió.

—Tranquila, te voy a traer agua y te mojo la nuca.

—Espera, espera, no te vayas, estoy bien –aclaró.

Irune se incorporó de la cama y miró de arriba abajo a Kerman. Luego se miró a ella misma. Se levantó y caminó hasta el espejo de pared, se quedó allí escrutando su imagen.

—¿Se te ha pasado ya el mareo? – preguntó Kerman.

Irune se giró para mirarle y le dio un beso en la mejilla.

—Te has vuelto muy guapo, no me mires así, no. Que de pequeño eras más bien feúcho.

Kerman fue a responderle que a qué venía aquello cuando ella de repente añadió:

—¿Qué hora es?

—Las seis y media, ¿pues?

—Falta media hora, llegaré tarde, tengo que avisar.

—¿Llegar a dónde, Irune?
Irune pasó por su lado y fue hasta la mesilla de noche. Abrió el segundo cajón. Kerman se aturdió.
—¿Has quedado? No me habías dicho nada —dijo él.

—He quedado a las siete en la plaza, en el bar “Sauce”, no voy a llegar puntual.

Kerman frunció el entrecejo. Se preguntó con quién había quedado su novia y por qué tanta insistencia. Precisamente esa tarde.

—Irune, si tenías otro plan, ¿por qué has venido conmigo a coger el vestido de mi hermana? He quedado con mi madre que se lo llevaba al tanatorio y tú te ofreciste a acompañarme con tu coche.

— Kerman, no puedo faltar a esa cita —respondió Irune y se dejó caer en la cama.

—¿Con quién has quedado?

—No le conoces. Déjalo.

Kerman abrió la boca pero pensó que no tenía ánimo de comenzar en ese momento una discusión. Le dio la espalda para abrir el armario donde su hermana tenía toda la ropa. Su madre le había pedido que le llevara el vestido beige con mangas doradas y con vuelo. “Cuando se lo ponía parecía una actriz en la entrega de los Goya… pobre… con veintitrés años…mi niña” le dijo la mujer al recordarlo.

Encontró la prenda, en la última percha, por la derecha. Lo cogió. Cuando se dio la vuelta, vio a Irune con el móvil de Anaís. Él mismo lo había guardado en el segundo cajón de la mesilla la víspera. Se acercó. Había abierto el whatsapp.

Continuará



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viernes, 23 de mayo de 2014

El Niño Fantasma


Me desperté con tal empanada que no sabía ni en qué día de la semana estaba. Joder, sí. Lunes, otro lunes al que sobrevivir más. La noche pasada me había metido en la cama sobre las tres de la madrugada porque no podía apagar el nuevo juego de carreras de coches que me había comprado. A veces me comportaba como un crío.
Todos los domingos me liaba viendo alguna película o con la play. Me pasaba el día dormitando en el sofá después del cachondeo y las birras de los sábados noche y cuando llegaba la hora de acostarme, estaba más espabilado que los búhos.
¿Cuántas horas había dormido? No llegaba ni a cuatro. El día se presentaba duro, muy duro. El jefe, desde la puerta de su despacho, me escrutaría con su cara de mosca y escupiría su típica frase: “Qué pasa, Arraiza, noches alegres…” y riéndose, me señalaría la pila de dosieres a revisar antes del mediodía. Además, a primeros de mes los informes se triplicaban.
Me senté en la cama sin decidirme a ponerme en pie. Para colmo, ya habíamos entrado en diciembre, mes de acontecimientos poco agradables.
En resumen, que mi humor estaba por los suelos, además de estar atontado total. Sonreí al ver a Rufles que venía hacia mí.
Guau, guau.
Eh, Rufles, coleguita — le dije acariciándole entre las orejas a mi bóxer.
Guau, guau, guau, guau.
Shhhhh, calla, calla. Tengo dolor de cabeza, como sigas ladrando me va a explotar.
Guau, guau, guau, guau, guau, guau.
Rufles, silencio, enseguida te saco, ¡shhhhh! —le reñí y Rufles se calló pero tenía las orejas en alto.
¿Por qué le riñes? Vete al médico si estás malo —gritó una voz que se oía fuera de la habitación.
Me quedé quieto y presté atención. ¿Me hablaba el vecino del piso de enfrente? Vaya timbre tenía el hombre, traspasaba las paredes de las dos viviendas. Pero no, recordé que salía de casa al trabajo antes que yo. No volví a oír nada. Miré el reloj y me levanté. Un café expreso me recargaría las pilas.
En la cocina, me senté en una de las banquetas a tomarme la taza de café recién hecho. Cerré los ojos mientras lo bebía. Podía quedarme dormido de nuevo allí mismo. Me obligué a abrirlos de nuevo y vi algo al otro lado de la mesa.
La taza se me resbaló de la mano. Había un vaho pálido que se movía, que se iba volviendo más denso. De pronto, el aire olía a palomitas recién hechas. El vapor parecía ir tomando forma de figura humana.
Puse una mano en mi boca. Pensé: “Joder Bittor, estás flipando”. Me prometí meterme antes en la cama, desde esa misma noche. Rufles empezó a gruñir. La neblina se había materializado en un niño moreno, con pecas y con una de esas camisetas estampadas con el dibujo de cars.
¿No piensas hablarme? Eh, tú. Lo que me ha costado venir, no te lo imaginas. Tenía muchas ganas de conocerte, pasmado —dijo el crío.
Le escruté, alargué una mano para tocarle y le traspasé. Tenía enfrente de mí algo parecido a un arco iris, por eso de verlo y no poder tocarlo, pero con forma de niño y encima, impertinente. Por extraño que pareciera no sentí miedo, sólo estaba confundido. Tal vez el no dormir lo suficiente tenía esos efectos paranormales. Rufles continuaba gruñendo y mirando en la misma dirección a la que yo miraba.
¿Qué eres? ¿O quién? —dije atolondrado.
Ya lo has comprobado por ti mismo, ¿no? —respondió sonriéndome.
Es que no lo tengo tan claro…
Decir en voz alta que era un fantasma era como reconocer que alucinaba. Lo siguiente ¿qué sería? ¿hablar con Rufles y que el perro me contestara?
¿Te da vergüenza decir que soy un fantasma? —preguntó—. Pues sí, soy un fantasma. Estás viendo y hablando con un fantasma. Ese soy yo. He venido para conocerte, para que me cuentes algunas cosas y ahora, sólo estamos perdiendo el tiempo.
¿Por qué conocerme a mí?¿Qué cosas te voy a contar?
Pues cosas, cosas guays, como cuáles han sido las carreras más guays y emocionantes de la fórmula 1 o qué videojuegos te gustan más. Sé que esas son las dos cosas que más te gustan.
No entiendo nada…
A ver, si es muy fácil, ya te lo he dicho.
Sólo me has dicho que eres un fantasma, que has venido a conocerme y que quieres hablar. ¿Cómo puede ser que yo esté diciendo todo esto a un supuesto fantasma?
Vale, a ver, es un secreto, así que no puedo chivarte nada. He prometido no decir ni mú. De lo contrario, no me dejarán quedarme aquí contigo. Es lo que hay —contestó arrugando la naricilla.
¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes o tenías?
No te diré el nombre pero sí que cuando morí tenía ocho años, creo recordar. A veces lo tengo que pensar, hace tanto que ocurrió y prefiero no tener que acordarme. Hasta he escogido otro cuerpo para venir aquí. Mola mi camiseta, ¿a qué sí?
¿Qué te pasó?
Oh, es demasiado triste, prefiero hablar de otras cosas más divertidas.
¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
De momento, unos días, ya te iré diciendo.
Así, durante las dos semanas siguientes, Rufles y yo comenzamos a compartir la mesa de mi cocina con el niño fantasma. Rufles no volvió a ladrar ni a gruñir durante la estancia de nuestro extraño invitado. Creo que la aparición le había confundido tanto como a mí.
A las mañanas me despertaba el aroma a palomitas recién hechas y sabía que un día más, el fantasma del niño estaría en mi cocina.
Cuando me levantaba, charlábamos hasta que me iba a la oficina y por la noche, le enseñaba los juegos que tenía de la play y le buscaba carreras míticas de la fórmula 1 en internet que le dejaban con la boca abierta.
Nunca le pregunté nada de su secreto y él tampoco habló de ello.
En cambio, quería saber muchas cosas de mí. Cuál era mi comida y bebida preferida. Si me gustaba el fútbol. Cuando le dije que era del Athletic de Bilbao hasta la muerte, se puso a cantar el himno y yo le seguí. Acabamos gritando desgañitados. Después dijo con tristeza que, haber estado en el estadio de San Mamés, hubiera sido una de las cosas que más le hubiera gustado hacer en la vida. Yo le contesté que ahora en su situación podía acercarse y colarse. Él negó con la cabeza y dejó escapar en voz baja que, sólo podía elegir un sitio para visitar. Me sentí halagado. Aunque no supiera por qué había escogido mi casa y mi compañía. Me hubiera gustado saber algo más pero no insistí.
Un día le comenté que me parecía raro que él, un niño de ocho años quisiera estar con un adulto como yo. No era que yo fuera muy mayor, tenía veintinueve años. Como diría mi madre, estaba en la flor de la vida. Pero desde su perspectiva, yo le tenía que parecer un viejo, un desfasado.
Anda, majete, que no podías haber elegido a un chavalín como tú, esos sí que te hubieran enseñado juegos muy guapos, o bueno, una chavalita, je, je, je.
Él no contestó, supongo que tendría motivos aplastantes para haberme seleccionado y no soltaba prenda. Intrigante. Todo él.
Una de las noches me pidió que le enseñara fotos de cuando yo era pequeño y de mi familia. Le dije que tenía muy pocas. “Mi madre tiene un montón, se las pediré porque estas son escasas”. El asintió con ansia. Las llevé de casa de mi madre al día siguiente. Tenía media docena de álbumes. “Te vas a aburrir de ver fotos” le dije.
Le fui diciendo quién era quién, mis padres, mis tíos, primos, amigos del colegio. El se detenía en cada una de ellas y de vez en cuando me preguntaba en dónde estaban hechas o en qué año.
Cogí el último álbum y antes de abrirlo me di cuenta que aún no le había contado algo muy importante de mi vida. Al decírselo, él me miro y asintió.
Tuve un hermano que murió.
¿Cómo se llamaba?
Galder, tenía ocho años como tú. Se ahogó en la piscina climatizada del polideportivo.
El niño fantasma se replegó al contarle aquella desgracia. Tal vez le había recordado a su propia muerte, de la que nunca me podría hablar.
Yo no le conocí porque pasaron tres años hasta que yo nací. Su muerte hundió a mis padres en la pena, a punto estuvieron de separarse.
Menos mal que no lo hicieron, ¿no?
Claro, si no, yo no estaría aquí y ahora. Mi madre dijo que una noche que no podía parar de llorar, notó un soplo en las mejillas y quiso creer que era el aliento de Galder que le quería secar las lágrimas. Ella le prometió en susurros que sería fuerte a partir de entonces.
Hecha la confesión, abrí el álbum y le enseñé fotos de mi hermano mayor. Se rió mucho al verle tan pelón recién nacido. Estuvo mucho rato observando las imágenes en las que Galder salía montado en una bicicleta roja con sillín ancho. Dijo que a él le gustaban mucho las bicis y que había tenido una igualita que ésa. “Soñaba que de mayor me compraría una moto” dijo con la voz tomada.
Le miré. Por primera vez me di cuenta, que sólo era un niño, que había pasado por algo demasiado traumático y que no tenía que haberlo asimilado todavía. Si a los adultos nos costaba, más a un chavalín que sólo pensaba en divertirse y jugar. En esos momentos, le hubiera abrazado si no fuera porque sería un acto al vacío. Me conformé con sonreírle y él creo que adivinó mis pensamientos.
La mañana del veintiuno de diciembre, me desperté y, como siempre, fui a la cocina a saludarle. Vibraba, no se estaba quieto, su mirada había perdido brillo y al querer hablarme, apenas despegaba los labios. Balbuceó:
Me lo he pasado muy bien contigo, Bittor. Conocerte ha sido guay.
¿Qué pasa? ¿Me estás diciendo adiós? —me senté como siempre enfrente de él.
Ya te dije que sólo estaría algunos días —parecía enfadado.
¿Por qué hoy? ¿Te han mandado que te marches? ¿O lo has decidido tú? —me había pillado de sorpresa y aunque pareciera increíble me había acostumbrado a la presencia del pequeño fantasma.
Se ha cumplido lo que yo quería, te he conocido y he estado contigo. Tengo que irme.
Quédate al menos unos días más, pasa la aburrida navidad conmigo, mi familia dejó de celebrarla hace mucho tiempo, ya sabes lo de Galder…
Bittor, me voy, no puedo quedarme más.
¿No me vas a decir cómo te llamas? ¿De quién eres el fantasma? —pregunté en un último intento.
Me van a reñir por decirlo pero, tiene que ver con estas fechas, ¿mañana qué día es?
Tardé unos segundos en reaccionar. El día siguiente, veintidós de diciembre, era la fecha en la que murió Galder. Le miré y no supe qué decir.
Creo que ahora ya lo sabes.
Mi hermano mayor dibujó una sonrisa en su boca y leí en sus labios: “Hasta siempre, Bittor”. Su figura de niño se fue convirtiendo en vaho que fue disolviéndose por completo. El otro lado de la mesa quedó vacío y Rufles gimió con la cabeza gacha. No quedaba ni rastro del olor a palomitas.
Me quedé un rato pensando. Había conocido a mi hermano, en persona. La vida, o la muerte, había quebrantado sus leyes inmutables durante ese lapso de tiempo para que dos hermanos que no se conocían, tuvieran la oportunidad de hacerlo. Por un momento, me dije que ese disparate no podía ser real. Sin embargo, yo daba fe de que había visto, hablado y olido su presencia. Miré mi reloj y cogí el teléfono para llamar a mi madre. Tal vez ya estaría en su trabajo. Me dije que le llamaría a la tarde sin falta. Colgué.
Decidí ir al cementerio, nunca había visto la tumba de mi hermano. Me abrigué y fui dando un paseo con Rufles. El guarda no permitió que el perro entrara al recinto. No le importó que se quedara con él en la garita.
No sabía la ubicación de la lápida pero tenía todo el tiempo del mundo y todas las ganas para buscarla. Tuve suerte y en la segunda calle, el musgo la recubría por los lados. Leí: Galder Arraiz Foscos. Aparté las hojas secas que cubrían sus años de nacimiento y muerte: 1981 – 1989.
Hasta siempre, hermanito” dije en alto apartando una lágrima. Entonces el aire o Galder, quién si no, sopló en mi mejilla. Al menos eso quise creer.


(Historia registrada y protegida en Safecreative y Myfreecopyright)



FELIZ VIERNES Y FELIZ FIN DE SEMANA. Si os topáis con algún fantasma , ya sabéis, es por la energía que desprendéis ;))
Besos gente.








martes, 20 de mayo de 2014

¿Qué historia elegirías para leer?



Estos días ando atareada, escribir historias y seguir publicaciones de mis círculos, atender a mis responsabilidades en la vida y por supuesto, dejar un tiempo para mi descanso mental.
Entre tanta actividad, está arrinconado mi libro con cuatro historias de fantasmas, ¿lo recordáis?

LOS FANTASMAS QUE NOS OBSERVAN 

LA CITA:
¿Qué harías si no pudieras acudir a una cita importante?
¿A una cita con alguien especial al que has reencontrado al cabo de un tiempo?
Le avisarías.
Pero, ¿y si estás muerto?

REMEDIO DE AMAPOLAS:
El mismo día del último examen de la carrera de derecho, se cumplen dos años de la muerte de la madre de Lorena.
Un día en el que Lorena se plantea si quiere convertirse en abogada o no.

ADÓNDE TE GUSTARÍA IR:
Una silla de ruedas a la que está sujeta, de la que depende y que es parte imprescindible de ella.
Un día se la roban y ella queda abocada a permanecer inmóvil para la eternidad.
Aunque existe una posibilidad y él le animará...

EL NIÑO FANTASMA:
Un niño fantasma que pasa unos días en la cocina de Bittor. Lo que comienza como un encuentro sobrenatural, termina como una segunda oportunidad.


¿Cuál te llama más la atención? ¿Cuál elegirías para leer? ¿Cuál dirías que tiene más gancho?


Espero tu opinión hasta el jueves, incluido. El que más votos tenga, lo cuelgo este viernes 23 de Mayo, ¿de acuerdo?

Un abrazo.

Larrú.

martes, 6 de mayo de 2014

La Otra Vida


"La Otra Vida" es como titulé la historia de Elene. Me ha sorprendido que nadie haya hecho mención a esas últimas palabras que cierran el relato. Sin embargo, con los títulos que me habéis ofrecido he descubierto que "La Otra Vida" puede llamarse de otras maneras y que lo importante es que ha llegado hasta vosotros de forma grata.

Mi intención es rendiros tributo a los que me habéis sugerido vuestra opinión...


He aquí la presentación oficial de la historia "La Otra Vida":






"Huyendo para encontrar la vida, Elene descubre la luz de vida y muerte. Dispondrá de su propio ciclo de luz y colores, aunque a cambio, llegará la despedida

Adiós, Shakespeare, adiós. Adiós a sus huidas bucólicas y literarias. Adiós a sus seres queridos. "El tiempo os curará las heridas de mi ausencia" se despide serena y feliz.

Sin dolor, sin arrepentimientos y sin deudas, su marcha leve y transparente le llega al fin"

Larrú   


Las palabras en negrita pertenecen a mis colaboradores Alvaro Galán Verano, Estela Caruso, Enmanuell L, Laura Araya, Esther González, Alejandra Sanders, Gregorio Mario Hernández, Ana D. y María Condo.
¡Gracias por vuestras sugerencias!

(Espero no haberme olvidado de nadie, si es así que me perdone por favor)

Así como gracias a tod@s los que habéis dedicado parte de vuestro tiempo en leer esta historia y darle a G+.

Hasta la próxima historia. La de un fantasma que ronda por un bosque cubierto de nieve y busca a una persona con la que hablar...

jueves, 1 de mayo de 2014

Sin Título...


Ahora, sólo quiero llevarme como equipaje, todos los momentos en los que me escapaba del cuidado de la tata. Cuando las tardes comenzaban a alargarse y los días ganaban luz. La tata me obligaba a quedarme en casa. "Si quieres leer, debes quedarte en la biblioteca, no te conviene salir, estás delicada Elene". Yo le replicaba que si en eso consistía la vida, en encerrarme y no respirar. Ella me contestaba que era lo mejor para mi salud y punto. 

Pero yo, en cuánto podía, huía de aquel tanatorio en el que se había convertido mi hogar. Cogía un libro y me iba a los prados que verdeaban junto al mar. Me tumbaba y me dejaba llevar por la calidez, el sosiego, la imaginación que se desataba por lo que leía. Si aquello no me beneficiaba, ¿qué podía hacerlo entonces?

Una mañana, me dí cuenta que se acercaba mi final. Lo supe cuando vi los esputos de sangre que salían por una tos descontrolada que se había apoderado de mí. La tata me miraba con los ojos húmedos mientras mis padres hablaban con el médico. Le hice una seña para que se acercara. "Tata, no te preocupes, voy a estar bien" Ella no pudo reprimir el llanto. "Elene, no digas eso, por Dios" dijo cogiéndome de la mano. En aquel instante, mi padre cogía a mi madre por la cintura que por momentos parecía perder el conocimiento. Su única hija se moría. Tantos cuidados no habían servido de nada. El médico me vaticinó horas, tal vez, la noche. 

- Aita¹ -dije entre toses.
- Shhhh, no hables, guarda tus fuerzas, corazón.
- ¿El cielo clarea?
- Sí, Elene.
-Sácame al prado, quiero ver el mar.

Mi padre me miró y negó con la cabeza. El doctor que estaba junto a él, le tocó un brazo y asintió. Mi aita me cogió con delicadeza y mi ama² me arropó. Le pedí a la tata que me llevara el libro "El sueño de una noche de verano" de Shakespeare que tenía en mi mesita de noche. Me faltaba poquito para acabarlo y quería conocer el final.

Me despedí de la vida mejor de lo que jamás hubiera imaginado. Al abrigo de las personas que me querían, en la tierra que me había sostenido y escuchando el final de una lectura que al fin se había desenredado:

PUCK.- Ahora ruge el león hambriento y aúlla el lobo a la luna;
mientras ronca el cansado labrador, abrumado por su ruda tarea.
Ahora arden los tizones abandonados mientras el búho con agudo chillido,
hace que el infeliz hundido en la congoja, se acuerde del sudario. Esta
es la hora de la noche en que las tumbas se abren del todo para dejar
salir los espectros que se deslizan por los senderos del cementerio y de
la iglesia; y nosotros, duendes y hadas, huimos de la presencia del sol,
siguiendo las sombras como un sueño. ¡Qué alegría la nuestra en este
instante! No habrá ni un ratón que perturbe este hogar. Enviáronme,
escoba en mano, a barrer el polvo detrás de la puerta.
(Entran Oberón
y Titania y séquito.)
OBERÓN.- Brillen alegres luces junto a la lumbre medio apagada. Y
cada duende y hada salte tan ligero como el ave sobre los espinos. Y
siguiéndome, bailen y canten alegremente
TITANIA.- Repetid primero esta canción, acompañando cada palabra
con melodioso trino. Y con gracia propia de hadas, mano a mano,
cantemos y bendigamos este lugar.
CANTO Y BAILE
Ahora hasta rayar el día,
habiten aquí las hadas,
y de las tres desposadas
será siempre venturosa;
cada pareja amorosa
siempre fiel será a su amor.
Ni mostrará tacha alguna
su descendencia lozana,
de todas las que importuna
la naturaleza da
Con las gotas del rocío
consagremos esta casa,
donde a sus dueños escasa
nunca la dicha será.
Cantad y bailad ahora
hasta que raye la aurora.

Comencé a flotar, era aire puro, leve y transparente. Me vi a mi misma en los brazos de mi padre que me acunaba."Elene, te queremos" decía entre sollozos. "Lo sé aita, ama, tata" dije con la voz de mi espíritu.
Ahora, venía el momento de los recuerdos. Yo me los llevaba todos. Pero, sin duda, con el que me sentía que, de verdad había vivido era el de haber descubierto la vida. La hierba, el cielo, la brisa, las olas que rompían en el acantilado, todo lo que había fuera de mi casa - féretro y, entre montones de lecturas, la de las travesuras de Puck, el duendecillo creado por Shakespeare.

El tiempo os curará las heridas de mi ausencia, les dije, con la esperanza de que sintieran las palabras en sus corazones.

Fue, entonces, cuando vi una puerta blanca en el mismo borde del acantilado. Magnetizada por el brillo argénteo que irradiaba avancé hasta ella y tomé el pomo. No dejaba nada por hacer, todo debía continuar sin mí, en su propio ciclo, porque el mío había finalizado.

Serena y feliz abrí paso a la otra vida.



(1)Aita: papá en euskera.
(2)Ama: mamá en euskera.

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