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#ProyectoAcércate,Briseida: La historia en papel.

La espera ha terminado. El final y el libro completo ya están disponibles en Amazon, no os entretengo, os dejo los enlaces a ...

domingo, 2 de julio de 2017

CUALQUIER HOMBRE


Mi primo Eloy ha fallecido días antes de celebrarse el World Pride, su última voluntad ha sido que tire sus cenizas en Madrid. “Creo que somos algo más que carne y hueso, aquí es donde deseo que queden mis restos, donde fui libre. Además, como no voy a estar de cuerpo presente en el desfile, así aseguro que mi fantasma si que lo esté” dijo riéndose de su ocurrencia.

La historia de mi primo tal vez sea una más de las tantas en las de los homosexuales, de esas que suponen un punto y aparte en sus vidas. Por eso, creo que merece ser contada.

Treinta años atrás, una tarde cuando Eloy jugaba al fútbol, se encontraba en el vestuario después del entrenamiento diario con Gonzalo, uno de sus compañeros. Se habían quedado a solas adrede, para disfrutar de su intimidad secreta. Se besaban, Eloy contra la pared, gemía al contacto de las manos que le acariciaban el torso agitado por la pasión de Gonzalo.
De repente, llamaron a la puerta.



─Gonzalo, ¿estás ahí?


Ellos se detuvieron al instante. El aludido, con la cara desencajada miraba a Eloy paralizado. Éste, mediante señas, le señaló las duchas y Gonzalo corrió a esconderse tras ellas.
Eloy abrió la puerta. Allí estaba la prometida de Gonzalo, Adelaida.

—¿Está ahí mi Gonzalo? —susurró.
—¿Gonzalo? —repitió Eloy.
—Mi prometido.
—Sí, sé de quién hablas.


Hubo unos instantes de silencio. Adelaida miraba por encima de Eloy hacia el interior del vestuario. Eloy trataba de ganar tiempo.

—Habíamos quedado que le esperaba a la salida del entrenamiento y como todos han salido hace rato, he comenzado a preocuparme —explicó ella con voz temblorosa.
—Está aún en la ducha, Adelaida.
—Pero, ¿por qué tarda tanto? —preguntó ella.
—Nos hemos entretenido hablando.

Eloy vio que, de repente, Adelaida le miraba con repugnancia.

—Vaya… —dijo ella—. No quería creerlo… pero, lo que cuentan sobre ti debe ser cierto.

Eloy la miraba perplejo y preguntó:


—¿De qué estás hablando?
—De tus inclinaciones poco morales, de tu desviación a lo que no es propio de tu género. ¡Dios mío, perdóname! Estás enfermo y tratas de contagiar a mi Gonzalo —dijo y arrugó la nariz.



De nuevo, se hizo un silencio. Adelaida se retorcía la manos y Eloy la miraba estupefacto.


—No te permito que me insultes, me faltes al respeto, que me hables en esos términos —articuló como pudo.
—¡Cállate! —gritó ella.
—Lo que yo sea no es incumbencia de nadie.
—De mí sí, tratas de quitarme a mi prometido y no lo voy a permitir, ¡si es necesario te denunciaré! Escúchame, si aún te queda algún principio ético, déjale en paz, no le vuelvas a hablar, olvídate de que existe, deja de jugar al fútbol. Vete de aquí.
—¿Irme?
—Sí.
—Pero ¿te escuchas? Exiges que me largue de dónde he nacido y vivido…
—Estoy muy nerviosa y tal vez no he debido decirte determinadas cosas, por eso te lo suplico, aléjate de mi Gonzalo. Antes de que sea demasiado tarde, ¡Oh, Virgencita!, ¿por qué no tomé cartas antes en el asunto?
—Adelaida —empezó Eloy—. Estás demasiado alterada y no sabes lo que dices. Le diré a Gonzalo que le esperas, no te preocupes.

Eloy se echó hacia atrás e hizo ademán de cerrar la puerta pero la chica le tomó de un brazo para pararle, sus delicadas facciones enrojecieron por momentos.

—Me doy cuenta que no has captado nada. Te exijo que dejes a mi prometido. No finjas, sé que andas detrás de él, marica —dijo arrastrando la última palabra.
—Basta, Adelaida —dijo Eloy, ya enfadado—. Ya que me tiras de la lengua, el que andaba tras de mí como perrito, era él, querida.
—Marrano mentiroso ¡te odio!

La chica comenzó a girarse pero a los pocos segundos se arrepintió y en un mar de lágrimas, volvió a encararse con él:

—Eloy, te lo suplico, no arruines la vida de Gonzalo. ¿Quieres que sus padres lo deshereden? ¿Que la familia lo repudie? Ten compasión, tú eres huérfano de padre y conoces la falta de cariño, sálvalo.


Eloy la miró de pronto asustado, la chica parecía a punto de desmayarse entre tanto sollozo, lívida por completo. Se sentía apurado e impotente ante aquel bochorno de desmesuradas dimensiones. Menos mal que, por los alrededores no había nadie. No deseaba que aquello transcendiera, si llegaba a oídos de su madre, con lo frágil que se encontraba del corazón, podría llegar a matarla. Decidió evitar una tragedia.

—Está bien, tú ganas—dijo Eloy, llevándose una mano a la nuca—. Este verano lo pasaré en casa de mi primo, en Madrid, era algo que ya estaba decidido. Pero ten por seguro Adelaida, que Gonzalo es como es. Para que me entiendas si no soy yo, será otro… Acuérdate de lo que te he dicho hace un momento, no le busqué yo, vino él a mí.

Adelaida, tomó aire y dijo:


—Quédate en Madrid para siempre, haznos el favor.
—Sólo espero que allí encuentre personas con más humanidad, educación y respeto de las que hay aquí —y le dio con la puerta en las narices.

De las duchas salió Gonzalo, su frente estaba empapada en sudor. 

—¿Tú sabes lo que se habla de mí, Gonzalo? —le preguntó Eloy.
—¿Yo? Pues claro… Eloy, es muy evidente.
—Entonces, cuéntame exactamente qué es todo eso tan claro.
—Perdona Eloy, pero eso no es importante en estos momentos.
—Vaya… y ¿qué es entonces?
—Lo importante es ella. Cómo he llegado a permitir que se humille así. ¡Dios mío, perdóname! Ella de buena familia, pura, fiel, cualquier hombre sentiría un orgullo excepcional por convertirla en su esposa.
—¿Orgullo? ¿A ese orgullo aspiras? Tanta falsedad me rechina en los oídos, Gonzalo.

Gonzalo se vistió rápidamente, sin mirarle ni despedirse se marchó. Eloy, sentado en uno de los bancos del vestuario con las manos en la cabeza, se preguntó si su vida iba a ser así para siempre.



© Larrú.

viernes, 6 de enero de 2017

REENCUENTRO.

Último Capítulo

10.- SEGUNDO ESTRIBILLO



Se despertó temprano y aún sentía todo el cuerpo dolorido del accidente. Se levantó poco a poco, le pareció que una punzada enorme le recorría de pies a cabeza pero sólo podía pensar en ir a la exposición de Ane y saber su paradero. “¿Y si está muerta?” se preguntó y al segundo, se quitó ese fatal augurio. “No está muerta, joder, si hemos estado en un un sueño los dos y yo estoy vivo, ella también tiene que estarlo” razonó convenciéndose a sí mismo.
Fue al baño a ducharse, se tocó el mentón y se miró en el espejo, también tenía que afeitarse. Descubrió un pequeño hematoma en el pómulo derecho, consecuencia del golpe contra el airbag. Después de asearse y vestirse, se tomó un café con leche y salió de casa en dirección a la parada del metro para ir a Bilbao.
El transporte iba repleto de personas. Jon se agobió con los empujones, codazos y estar tan juntos los unos con los otros. Al salir de allí, suspiró profundo. Aliviado se dirigió hasta su destino, más lento de lo que él hubiera querido pero su cuerpo no estaba para trotar. Cuando llegó a la puerta de la exposición la encontró cerrada. Miró el reloj del móvil, aún faltaban quince minutos para las diez. Miró de nuevo al cuadro del escaparate, él había estado allí en sus sueños con Ane, sintió un agradable cosquilleo en la boca del estómago al recordarlo. Por el rabillo del ojo vio que alguien se acercaba a la entrada. Se giró, era la chica de la exposición.

—Buenos días, no sé si te acordarás de mí —dijo Jon.

Ella le miró por unos segundos y enseguida respondió:

—Ah, sí, sí. Buenos días. ¿Vas a ver otra vez las pinturas?
—No, bueno, es que quería hablarte de algo personal.
—No sé si podré contestarte... —dijo ella con un leve sonrojo en las mejillas.
—No me entiendas mal, déjame que te explique. Me gustaría saber cómo puedo contactar con Ane.
—Creo que eso no es posible, no soy quién para darte su número de teléfono ni dirección.
—Lo sé, pero es que necesito verla, hablar con ella, aunque sólo sea una vez. Ya te dije que nos conocimos hace muchos años.

La chica negaba con la cabeza.

—Te lo pido por favor.

Ella le miró y dijo:

—Lo único que puedo hacer por ti es informarte que mañana sábado por la tarde hay organizada una pequeña fiesta aquí mismo en la exposición, en la que ella estará presente.
—Es la víspera de Reyes...
—Sí, es como te puedo ayudar.
—No sabes cómo te lo agradezco, aquí estaré, no lo dudes —dijo con una amplia sonrisa y apretándole un brazo a la chica—¿a qué hora es el evento?
—A partir de las seis de la tarde hasta las once —contestó sonrojándose de nuevo y diciendo que debía ir abriendo ya.

Jon se despidió y se dio media vuelta. Pensó que faltaba poco más de un día para verla en carne y hueso, estaba viva. Sintió que se quitaba una terrible mochila de piedras de encima, notó un subidón de adrenalina por todo el cuerpo. Hasta los dolores parecían haberse atenuado con la buena noticia. De repente, se dio cuenta que iba a reencontrarse con ella. “¿Y si no quería hablarle?” se preguntó. Se dijo que debía contarle todo e intentar desentrañar el significado de aquellos sueños. “Lo haré porque no puedo vivir con esto sin descubrir lo que esconde, de mañana no pasa” y regresó a casa a descansar y prepararse mentalmente para lo que ocurriría al día siguiente.


***

La tarde de víspera de Reyes había lucido unos tímidos rayos de sol pero al oscurecer, la temperatura en la calle había bajado a cuatro grados. Jon caminaba deprisa para entrar en calor, el cuerpo parecía haberle dado una tregua y se sentía muy enérgico. Cuando llegó a la exposición el reloj marcaba las seis y diez. Le había costado llegar por la cantidad de personas que andaban por la Gran Vía, de paseo y ultimando las compras de regalos de Reyes. Antes de entrar al lugar, observó su reflejo en el escaparate. Se dio el visto bueno, llevaba unos vaqueros desgastados, una camiseta negra y una camisa vaquera por encima, debajo de la cazadora tres cuartos caqui. El hematoma aún seguía pero no le dio importancia. Se dijo que había pasado mucho tiempo, pero le reconocería, estaba seguro. Con paso decidido entró. El sitio estaba concurrido, sonaba la canción Rude del grupo Magic de fondo:

Saturday morning jumped out of bed  
And put on my best suit 
Got in my car and raced like a jet 
All the way to you 
Knocked on your door with heart in my hand 
To ask you a question 
Because I know that you're an old fashioned man 
Can I have your daughter for the rest of my life? 
Say yes, say yes, because I need to know (1)


Miró un poco a su alrededor y encontró unos pasos más adelante a la chica de la recepción. Esta le saludó y le tomó la cazadora para guardarla. Luego le dijo que tomara una copa de champán. Cuando Jon fue a preguntarle por Ane, ella se había dado la vuelta.
El con su bebida se movió un poco entre la gente buscándola. Por fin la vio. Se estremeció. Hablaba con un grupo de personas y sonreía abiertamente. Estaba preciosa e intentó acercarse más hasta ella pero sin que le viera aún. La contempló durante un rato. Llevaba un vestido largo negro y el pelo recogido, a pesar de los años trascurridos tenía casi el mismo aspecto que cuando se conocieron. Pensó que era, simple y naturalmente, bella.
Sus ojos se cruzaron y Jon la miró a la expectativa y ella le sonrió vacilante. En ese momento, entre el bullicio de aquella gente y aquel lugar, Jon comprendió que había encontrado el sosiego en esa sonrisa. Al cabo de unos momentos, él se acercó a ella sin prisa y cuando llegó dijo un “hola, de nuevo”. Ane se despidió de los que le acompañaban y le sonrió en silencio mirándole. Jon se acercó a darle un beso en la mejilla:

—¿Qué tal estás?
—Jon, cuánto tiempo...
—Demasiado, Ane.
—Tengo que contarte algo.
—Y yo a ti, no sé si lo creerás...

Ella le cogió de la mano y le llevó entre la gente hacia el fondo de la sala que tenía una puerta y la abrió. Entraron a un pequeño despacho con toque minimalista, en un rincón había un sofá biplaza y le invitó a sentarse. Por unos momentos se miraron sin hablar. Luego Ane tomó la palabra:

—He organizado esta fiesta para celebrar que he vuelto a la vida, Jon.

El la miró sin pestañear y en silencio la escuchó:

—He estado en coma una semana, una noche me sentí muy mal, me dolía mucho la cabeza, tenía el estómago revuelto, menos mal que llamé a mi madre porque poco después perdí el conocimiento y por lo que me han contado entré en coma.
—¿Por qué te pasó eso? ¿Qué te han dicho los médicos?
—Ni ellos mismos lo saben. Me han explicado que de pronto el cerebro empezó a dejar de funcionar y me mantuvieron en vida cómo pudieron hasta que de forma milagrosa volví del coma. Tres veces parecía que iba a morir pero en la última ocasión abrí los ojos. Dicen que no encuentran una explicación razonable...
—Yo he empezado a creer en los sucesos mágicos últimamente.

Ella le sonrió y siguió hablando:

—Lo que te voy a decir a continuación te va a sonar muy raro pero te prometo que es la verdad, ¿sabes que durante el coma he estado contigo Jon?
—¿Por qué crees que estoy aquí hoy, Ane? Por eso mismo, por nuestros encuentros ¿en otra dimensión? Pensaba que me ibas a tomar por un puto loco...
—Entonces es verdad... Ayer en el hospital no podía quitarme esas imágenes de la cabeza y me preguntaba por qué, por qué...
—No puedo creer que habiendo estado en coma ayer mismo, estés hoy tan bien, tan sana.
—El doctor no quería darme el alta pero yo la pedí. Enseguida mandé a mi asistente, Mónica que organizara esta fiesta, ¿por qué no? He vuelto a la vida y eso es impresionante. Tenía que celebrarlo.
—Por momentos creí que eras un fantasma, tuve tanto miedo...

Se quedaron callados mirándose y Jon no pudo resistir la tentación de tenerla tan cerca y no besarle. Ella se dejó y él lo hizo con toda la pasión que había ido acumulando gracias a los sueños.

—Tienes el mismo sabor que en esa realidad en la que estuvimos, Jon —le susurró ella cuando se separaron.
—No entiendo muy bien por qué ha ocurrido esto pero me alegro porque he descubierto que estar contigo es lo que más quiero.
—Llevo toda la noche dándole vueltas a esos sueños, al estado en que me encontraba, tratando de aclarar mis pensamientos y recuerdos. ¿Te acuerdas que te dije en el último encuentro que si estaba muerta tú eras lo que quería llevarme a la otra vida? Creo que mi yo de verdad, el no físico por decirlo de algún modo, no quería que me fuese sin buscarte de nuevo, sin decirte lo que sentía por ti.
—No entiendo del todo lo que me dices...
—Creo que debes saber que yo nunca te olvidé desde aquella vez que nos conocimos en Gorliz y mira qué ha pasado tiempo pero me marcaste, sentí que habíamos conectado. Aunque ya ví que tú no opinabas igual.
—Fui un gilipollas, creía que había mucha vida por delante y experiencias pero ahora siento que te pertenezco y si lo pienso bien, siempre lo he hecho porque me buscaste y me encontraste. Soy tuyo Ane.

Se fundieron en un abrazo y volvieron a besarse hasta que Ane se separó de él un poco y le dijo que salieran de nuevo a la fiesta.

—Cuando acabe, tenemos toda la noche por delante, Jon. La gente andará preguntando si me ha pasado algo —dijo levantándose del sofá y tirando de la mano de él.

Cuando volvieron al bullicio, sonaba la canción Stay de Rihanna. Ane le echó los brazos al cuello y le pidió bailarla. Jon aceptó y se unieron a otras parejas que hacían lo propio. La letra de la música les envolvió:

Not really sure how to feel about it
Something in the way you move 
Makes me feel like I can't live without you 
And it takes me all the way 
I want you to stay (2)

Jon la estrechó entre sus brazos y le dijo al oído:

—Vayamos a por el segundo estribillo de nuestra canción, ya sabemos la melodía, sólo hay que escribir más letras.

Ella le miró y con un sí entre los labios se agarró aún más fuerte a él que no podía creer que la mejor historia de su vida había sido cosa de fantasmas.

 FIN



(1)Sábado por la mañana, salté de la cama
y me puse mi mejor traje.
Me metí en mi coche y corrí como un jet
todo el camino hasta que
llamé a su puerta con el corazón en la mano
para hacerle una pregunta.
Porque sé que eres un hombre pasado de moda
¿Puedo tener a su hija por el resto de mi vida?
Diga que sí , que sí, porque necesito saberlo.

(2) No estoy segura realmente de cómo sentirme,
hay algo en la forma que te mueves,
que me hace sentir que no puedo vivir sin ti,
y me lleva hasta el final,
quiero que te quedes.

Y la historia ha llegado a su desenlace, colorín colorado...
Espero que la hayas disfrutado, vivido y te hayas emocionado porque es de lo que se trata cuando lees.
Si te apetece tenerla en papel tienes el libro disponible en este enlace: REENCUENTRO
Gracias por tu confianza :)
Larrú.

miércoles, 4 de enero de 2017

REENCUENTRO.

9.- EL JURAMENTO





Llegaron al hospital, le hicieron las pruebas pertinentes para asegurarse que no había sufrido ninguna lesión interna. Le dejaron en un box hasta que tuvieron el último resultado de una resonancia realizada. Una enfermera se le acercó y le preguntó si quería que llamara a algún familiar. Jon contestó que no. Pensó que podía llamar a su hermana pero la iba a preocupar y prefería decírselo cuando ya volviera a casa. Sus padres estaban de viaje a Mallorca y tampoco quería que se preocupasen y que no disfrutaran de su estancia. Jon le dio el teléfono de Karlos, necesitaría que alguien le acompañase a su casa cuando le dieran todos los resultados médicos. La enfermera lo apuntó y le dejó solo.

Tenía ganas de marcharse ya de allí. Quería llegar a casa y meterse en la cama, no le dolía nada pero sentía mucho agotamiento. Cerró los ojos y vio la imagen nítida de Ane. Sólo podía verla en su imaginación y en sus sueños. Apretó la sábana con un puño. “Te está de puta madre” dijo en voz baja.
Recordaba el contacto físico en el sueño, su cara, sus manos, sus labios besando los suyos. “Había sido perfecto, tan perfecto que no era real” se dijo con tristeza. Recordó lo que ella le había contado de cómo se había visto en la cama de un hospital, como si estuviera muerta y cuando dijo que alguien tiraba de ella, también aquel bip bip bip y a ella muy asustada. No quiso asumir que si Ane estaba en lo cierto, jamás la iba a volver a ver. Le pareció demasiado cruel aquella situación en la que se encontraba. La primera vez en su vida que se había enamorado y podía haberla perdido para siempre. Tenía que saberlo y eso sólo podía confirmarlo yendo de nuevo a la exposición de cuadros de Ane, para preguntarle a la recepcionista por ella e insistiría hasta que le diera una respuesta.

Con ese pensamiento en la cabeza se quedó medio dormido. Cuando se despertó, Karlos estaba sentado a su lado y sonriendo pero con un deje de preocupación en los ojos.

—Hombre, has venido —dijo Jon,
—Eres un corta rollos, me has acojonado colega, ¿qué tal te encuentras?
—Bien, cansado pero creo que bien. Me han hecho varios exámenes y todo bien, estoy a la espera de lo que haya salido en una resonancia y espero poder dormir en casa esta noche.
—Bueno, entonces, a esperar.
—¿Te he jodido algún plan? ¿Con la pelirroja? Se llama Enara, ¿no?
—Tranquilo, nada que no se pueda arreglar. Ella ya está al tanto, le he llamado para contárselo.
—Veo que sigues interesado en ella, te has enamorado, capullo.
—Si, lo reconozco, aunque te rías de mí...
—Karlos, a mí me parece que eso está genial, espero que te vaya muy bien con ella.

Karlos miró a Jon y se rió.

—Creo que al final el golpe te ha afectado un poco, ¿desde cuándo me felicitas por quedar con una tía varias veces?
—Desde hoy, ojalá yo tuviera la suerte que has tenido tú...
—No será por ofrecimientos, yo sé más de una que daría lo que fuera por quedar de nuevo contigo.

De repente, se acordó de que había quedado en la noche de Reyes, con Nerea, la profesora del colegio. En cuanto tuviera ocasión tenía que anular aquella cita.

—¿En qué piensas, tío? Te has quedado como obnubilado, ¿estás bien?
—No, nada, sólo que he recordado algo que he de hacer sin dilación.
—Si puedo ayudarte, dime.
—No te preocupes.

En esos momentos, apareció el doctor que le había atendido nada más llegar al hospital y le comunicó que la resonancia había dado un diagnóstico normal, así que podía vestirse y marcharse a casa.

—No obstante, cualquier síntoma como mareo, pérdida de consciencia o cefaleas intensas, consúltelo, no lo deje pasar.

Cuando llegaron a su casa, Karlos insistió en quedarse a dormir por si le necesitaba. Jon le convenció de que se encontraba bien y le prometió que a cualquier emergencia le avisaba, que se quedara tranquilo. Una vez que su amigo se marchó, cogió el teléfono para mandar el mensaje a Nerea. No tardó en llegar la contestación: “Lástima, teníamos una gran noche por delante.”




Jon se sentó en el sofá releyendo el pequeño texto. Suspiró y se frotó los ojos, estaba cerrando la puerta a una buena posibilidad de un encuentro sexual y, con sorpresa, se sentía satisfecho, bien consigo mismo y a la vez reafirmando que lo que sentía por Ane era auténtico. No quería estar con otra que no fuera ella y se negaba a admitir que quizá había desaparecido para siempre. Tenía que confirmarlo y ya estaba decidido a ir al día siguiente a la exposición a comprobarlo. Se hizo el juramento que si estaba viva la encontraría y le contaría todo, aunque le tomase por un completo lunático.

Continuará...



Si no puedes esperar a la siguiente entrega, dispones de la historia completa a la venta en la plataforma Kindle: REENCUENTRO (España) y REENCUENTRO (U.S.A)



miércoles, 28 de diciembre de 2016

REENCUENTRO.



8.-TODO LO QUE HEMOS PERDIDO

Cuando estuvo de frente a ella, sin mediar palabra la abrazó y con sus manos le acarició la cara. Dos gruesos lagrimones le corrían por los pómulos. Se los secó y se acercó hasta apoyar su frente con la de ella. Le invadió un sentimiento de placidez, de comodidad como cuando uno regresaba a casa después de un día duro y cansado.



—Jon, no quiero que te vayas —dijo ella con los ojos cerrados.
—No me voy, estoy aquí.
—Estoy cansada, es demasiado el esfuerzo el que hago cada vez que estoy contigo.

Jon se separó de ella unos centímetros y la miró preguntándole:

—¿A qué te refieres, Ane? No comprendo. Recuerdo que me dijiste algo de rostros que veías y voces que te llamaban pero no entiendo lo que está ocurriendo aquí.
—Jon, sé que estoy en la cama de un hospital, quieta, con los ojos cerrados, rodeada de cables y tubos. Ha sido la tercera vez que me he visto. Ocurre cuando oigo voces que me llaman pero no les entiendo nada. Luego apareces tú y entonces, comprendo que es lo que que quiero en ese momento, —hizo una pausa y cogiéndole ella de la manos de él añadió— porque pienso que estoy muerta y eres lo que me quiero llevar de la vida.
—¿Eres un espíritu, un fantasma, qué eres?
—Soy yo, Ane, la de siempre, aunque de manera distinta, creo.
—¿Y yo? ¿Yo también estoy muerto? —preguntó Jon mirándose a si mismo.
—Tal vez, ¿recuerdas algo antes de estar aquí conmigo?

Jon pensó, se acordaba de encontrarse de pronto en Gorliz y de echar a andar. ¿Y antes? Todo estaba negro y había muchas luces brillantes y pequeñas... Le vino el sonido nítido de una colisión y entonces, recordó el accidente con el coche.

—Me acuerdo de haber chocado en la carretera. ¿Estoy muerto?—preguntó con extrañeza.

Ane le abrazó y él la atrajo más hacia él.

—Si he muerto y esta es la otra vida, me alegro de que que nos hayamos reencontrado —le dijo él al oído.
—¿Te acuerdas cuando nos conocimos, Jon? Fue el mejor fin de semana que recuerdo haber disfrutado. Pensé que había algo entre los dos, nos dimos los teléfonos, incluso yo te llamé por tu cumpleaños pero tú me diste largas.
—Lo recuerdo, Ane pero yo no valoré hasta después lo que habías significado en mi vida. Con el paso del tiempo vi que conocía a muchas mujeres y que aquella conexión que había tenido contigo no me había vuelto a ocurrir con ninguna más. Entonces, era demasiado tarde, supuse y te dejé arrinconada en el olvido. Hasta que te vi de nuevo. ¿Sabes que he ido a tu exposición? Ahora veo por qué no estabas allí.

Ane le acarició la barbilla y acercó los labios a los de él. Jon se dejó hacer porque se dio cuenta que había estado conformándose con algo que no estaba ni a la mitad de altura de aquello que estaba sucediéndole. Le besó con timidez a lo que él le respondió con ímpetu y que fue correspondido en el mismo grado de pasión.
Al separarse él dijo:

— Yo creía que no iba a ser capaz de querer a nadie porque la vida son dos días y me había convencido de que el carpe diem era una buena elección y sin embargo, tú has logrado que cambie de parecer. Debemos recuperar los besos, los momentos, las palabras, todo lo que hemos perdido, Ane. ¿Podrás perdonar lo gilipollas que fui la primera vez? ¿Me darás otra oportunidad?

Ane sonrió ampliamente y contestó:

—Si, claro que sí, si estando muerta, o en el estado en el que sea que me encuentro, te he encontrado, sería una estúpida si te dejara escapar.

Volvieron a besarse con profundidad, con un ansia desmedida sellando así lo que ambos sentían de igual manera.

Bip. Bip. Bip. Bip. Bip.

Ane se separó de Jon con brusquedad de repente. Jon comprobó que ella le miraba asustada.

—¡No quiero irme! —gritó Ane.
—¿Pero a dónde?
—No lo sé, es como si alguien tirara de mí... Oigo de nuevo las voces...

Bip. Bip. Bip. El sonido ascendía y Ane empezó a alejarse de él. Jon alargó la mano para cogerla y tirar de ella pero ella se iba volviendo invisible y no llego a alcanzarla. Bip. Bip. Bip.

—Jon... lo siento...

Bip. Bip. Bip. Silencio. Ane había desaparecido.
Jon miró a su alrededor, continuaba en el bar, todo continuaba como si nada. Pensó que daba igual ya si estaba muerto o no. Si era un sueño o realidad. Sólo quería haber podido retener a Ane con él. Vio a la gente que bailaba a su alrededor, a lo suyo y cerró los ojos enfadado. Deseaba desaparecer él también.

—Hey, hey, ¿estás bien?

Jon quería abrir los ojos pero los párpados parecían estar pegados. La voz masculina volvió a hablar:

—Está volviendo en sí, chicos.

Jon vio la cara de un hombre joven que le miraba con una leve sonrisa. Quiso moverse pero le fallaron las fuerzas.

—Tranquilo, tranquilo,¿cómo te llamas?
—Jon, ¿dónde estoy?
—Jon, soy Asier, médico de emergencias, has tenido un accidente con el coche y debido al choque has perdido la consciencia. Ahora estás en la ambulancia para llevarte al hospital, allí te examinarán mejor.
—¿Me pasa algo?
—No, creo que no pero hay que hacerlo de igual forma. Ahora tranquilo, ¿vale?


Jon se hundió en la camilla. Había vuelto a la realidad que había elegido desde siempre y, por primera vez, se daba cuenta que no le gustaba nada, que esa realidad había cambiado desde que había encontrado a Ane de nuevo, aunque se hubiera empeñado en creer y actuar como que no... Ahora ella no estaba, aunque tenía la esperanza de que tal vez en sus sueños...

El vehículo se puso en marcha y comenzó a oír la sirena exigiendo urgencia.



Continuará...





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miércoles, 21 de diciembre de 2016

REENCUENTRO.

ESTA SEMANA, SORPRESA:
DOS CAPÍTULOS PUBLICADOS, VAMOS A CELEBRAR LA LLEGADA DEL INVIERNO.

                               ⛄⛄⛄



6.-UN PLAN REALISTA


Clavado frente al escaparate de la exposición tomó la decisión de entrar de nuevo al lugar. “No podía irse de allí sin más” había decidido. Cuando la chica le vio sonrió con extrañeza.

—¿Me harías un favor? Esta es mi tarjeta, te agradecería que se la entregaras a Ane —le pidió Jon.

La chica cogió la cartulina y le dijo:

—Se la daré, prometido, aunque no sé cuándo la veré.
—Muchas gracias y perdona por la molestia.
—No es nada.

Jon se marchó un poco más complacido de allí. Seguía con dudas pero al menos, había hecho algo y tal vez, eso ayudará a desenredar la madeja que tenía liada. Regresó a la estación del metro y cuando estuvo sentado, cogió el teléfono y tecleó un mensaje a su amigo Karlos,“¿Qué haces? ¿Quedamos para comer, colega?”

El móvil enseguida silbó la respuesta, “Ok. ¿ A las dos, en el club?”
Jon respondió, “Sí”.

Pensó que así le daría tiempo a cepillar a Corso antes y así, entre pasar un rato con su caballo y comer con su amigo quizá, hasta dejara por unos momentos de ver en su cabeza la imagen de Ane y esa sensación que aún tenía del beso en sueños. Por unos momentos se sintió ridículo con todo aquello. Tan sólo había soñado que besaba a una mujer que ya conocía. En la realidad, podía besar a muchas más. Con abrir la agenda del móvil le bastaba. 




El sentimentalismo no le pegaba nada, ese sueño era como una de esas historias de novela rosa, románticas y empalagosas. Jon pensaba que ese tipo de amor sólo existía en los libros. Se preguntó qué pensaría Ane cuando la chica de la exposición le contara su visita y le diera su tarjeta. Lo más probable es que no se acordara de él o en el caso de que lo hiciera, no le haría ningún caso, pensó él. Al menos, si le ocurriera a él seguro que obraría así.
Tan ensimismado estaba en sus elucubraciones que tardó en darse cuenta que alguien le tocaba en el hombro derecho.

—Eh, Jon, hola.

El miró hacia quién le hablaba y sorprendido contestó:

—Hola, Nerea, no te había visto.
—Ya me he dado cuenta, parecías muy concentrado en tus cosas. ¿Qué tal las vacaciones? Cuatro días y estamos de nuevo en el colegio dando clases. Qué rápidas se me han pasado estas navidades.
—Se han pasado volando, a pesar de no haber hecho nada en particular. Dormir, comer demasiado, gastar en exceso,...
—Vaya plan...
—Sí y aún queda pasar el día de los Reyes Magos.
—¿Vas de cotillón o sales de bares?
—La verdad que no iba a salir, soy casi un cuarentón—se rio y añadió mirándola con picardía— tú saldrás de fiesta, ¿no? Eres aún una yogurina, tienes veintisiete años, ¿no? Si mal no recuerdo.
—Venga, hombre, que si tienes ganas de salir, lo de menos es la edad, Jon... esto, perdona un momento, me llaman al móvil.

Jon la miró con disimulo mientras contestaba a la llamada. Siempre le había gustado la melena llena de rizos negros suelta que le llegaba casi hasta la cintura, le daba un punto salvaje. Desde que trabajaban juntos en el colegio, ella era profesora de música, se le había pasado más de una vez por la cabeza tener algún escarceo sexual con ella. Pero le había echado para atrás el pensar de que siendo compañeros de trabajo no sería compatible, quería tener buen ambiente laboral. Se había dicho que valoraba mucho su puesto de profesor de física y química en aquel colegio como para fastidiarlo por una satisfacción momentánea.

—Ya está, Jon, perdona.
—No pasa nada.
—¿De qué hablábamos?
—De que estoy mayor para salir de fiesta...
—Ja, ja,ja, yo voy de cotillón, si te apetece soltarte la melena...
—No estaría mal.
—Te lo digo en serio, ven si quieres, será en la discoteca de un primo mío. ¿Te animas? Veinticinco euros con derecho a cuatro consumiciones.
—¿Hay que ir de etiqueta?—preguntó Jon medio riéndose.
—No, hombre, arregladillo, sin más. No te preocupes que tú con cualquier cosa estás muy guapo.

“Tú tampoco estás nada mal, chica” pensó sonriéndola.

—No te prometo nada, pero me lo pienso y te lo confirmo, ¿vale?
—Muy bien, bueno, en esta parada me bajo. Espero que vengas, estoy convencida de que lo podemos pasar muy bien juntos —dijo con un leve pero estudiado pestañeo.
—Lo pensaré Nerea, te llamo con lo que decida.

Al verla marchar se dijo que era una pena no conocerla un poco mejor y que acaso, la cita sin confirmar, era un buen plan y sobre todo uno realista, sin sucesos inverosímiles y en estado de plena conciencia. Iba a mandarle un mensaje a Nerea para decirle que a qué hora quedaban cuando oyó por la megafonía del vagón la próxima parada y lo dejó para cuando saliera del metro que iba abarrotado de gente. Por cinco minutos más, Nerea no iba a cambiar de opinión.
Cuando estuvo fuera de la estación, cogió el teléfono y mandó el mensaje. La respuesta no se hizo esperar, en poco menos de dos minutos él leyó: “A las diez en la entrada de las galerías, ¿ok, guapo?”

El le mandó de vuelta un escueto “ok”. Pensó que ya se daría la ocasión de decirle guapa de manera más cercana que a través de la red y empezó a andar un poco más rápido hacia su casa para coger el coche e ir al club de hípica.



*******************


7.-VIAJE INESPERADO




Cuando conducía el coche hacia el club y llevaba diez minutos de trayecto, comenzó a llover de tal manera que los limpiaparabrisas no daban a basto a recoger el agua del cristal delantero. Jon maldijo, el invierno tenía estos desastres casi a diario. Así no iba a salir a cabalgar con Corso, con las ganas que tenía. Al menos comería con su colega Karlos y quién sabe, igual a la tarde había escampado y podía montar a su caballo. La luna delantera se estaba empañando. Al volver los ojos por un instante para comprobar si la ruleta de posición de las rejillas del aire estaba en el lugar correcto y volver de nuevo la vista al frente, observó que el coche de delante suyo había frenado de repente. Pisó el freno hasta el fondo pero  se chocó sin poder evitarlo y el automóvil de detrás suyo lo hizo contra él con igual intensidad. El airbag saltó y detuvo el impacto de la cabeza contra el volante. Jon quiso moverse pero no le respondía el cuerpo. Sintió que se hundía en una oscuridad con muchos puntitos brillantes.
Poco a poco el conjunto de luces pequeñas se agruparon formando un sólo punto diáfano. Tardó unos momento en darse cuenta que se encontraba en un lugar de sobra conocido por él. Estaba en una de las calles de Gorliz, en medio de un bullicio de gente. Miró hacia arriba, había banderines colgados, estaba en las fiestas del pueblo.

—¿Qué es lo que hago aquí? —dijo en voz alta.

Nadie de todos los que le rodeaban le miró. Empezó a andar entre la multitud y se percató que pasaba desapercibido entre ellos. Nadie le miraba, pareciera que fuera invisible, porque ni siquiera al roce se movían hacia él o se molestaban por sus empujones. Sentía un desasosiego profundo.

—¿A dónde voy? —dijo parándose en seco y mirando a su alrededor.

Se acordó de uno de los bares que le gustaba de aquel pueblo y aquellas fiestas, estaba a pocos metros de la calle en la que se encontraba. Tenía buen ambiente, música de su gusto y servía unos gin tonic de muerte. Comprobó al llegar que recordaba bien su ubicación y entró sin pensárselo. Todo seguía igual que cuando él había estado hacía más de diez años. Siempre había sido uno de sus bares preferidos y aquellas fiestas también, pero él y su cuadrilla de amigos dejaron de ir cerca de los treintena. “Las novias fueron las culpables, todo cambió desde que aparecieron ellas” se dijo Jon.
Se acercó hasta la barra, tal vez estuviera alguno de los camareros que recordaba de entonces. Entre codazos y empujones que no parecían importar a los presentes porque permanecían impasibles, llegó hasta uno de los lados y reconoció a dos de los barman de antaño. Echó un vistazo general y no pudo evitar llevarse una sorpresa al ver en la otra punta de la barra a Ane, apoyada indicándole con un gesto que fuera hacia ella.
Jon se obligó a si mismo a quedarse quieto porque sus pies parecían tener vida propia. Ella le miraba sonriente, leyó en sus labios, “ven, por favor” y no pudo frenarse a si mismo. Se dirigió hacia ella atravesando a la gente que continuaban a lo suyo sin percatarse de su presencia.




Aquella mujer le provocaba una confianza impropia, desconocida y que le asustaba pero que instaba sus pasos sin remedio hacia ella.


Continuará...


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miércoles, 14 de diciembre de 2016

REENCUENTRO.



5.-LA EXPOSICIÓN

Permaneció en la cocina hasta que se adentró la mañana. No paraba de pensar en las dos noches que habían pasado, le daba vueltas a la pregunta de por qué había soñado con Ane. Su presencia y su beso le habían parecido muy reales, como si hubiera ocurrido de verdad, porque aún podía sentir el cosquilleo que le había producido por el cuerpo.

Miró el reloj, marcaba las nueve y no tenía nada qué hacer. Le vino una idea a la cabeza y encendió el portátil. Tecleó en el buscador: tienda de decoración, Bilbao, Gran Vía. Aparecieron más ochenta mil resultados. Reflexionó y se dio cuenta que tal vez lo que vio en el primer sueño no era un establecimiento de ese tipo, más bien era como una exposición de cuadros de estilo impresionista. Escribió: Exposición de pintura impresionista, Bilbao, Gran Vía.
En el segundo lugar de los resultados leyó: “Exposición de la impresionista Ane Garmendia en Gran Vía, 27”. No podía ser una coincidencia. Jon no despegaba la vista de la pantalla y no daba el paso de pinchar el enlace. Se frotó los ojos y pensó que en vez de treinta y nueve años, parecía que tenía quince y abrió la página:

“Ane Garmendia, artista bilbaína que está considerada como una de los nuevos hallazgos de dicha tendencia artística que tan popular es entre los aficionados a esta área del arte. Una única sala, en la que presenta su obra, sus óleos de paisajes, hasta el nueve de enero. Los horarios de visita son de lunes a jueves de 10 a 19 horas y de viernes a domingo de 10 a 21 horas. La entrada es gratuita.”

Había una foto de ella, la había reconocido, prácticamente estaba igual de guapa que hace veinte años y como la había visto en el sueño. Lo único diferente era su pelo más corto y un flequillo largo sobre la cara. Se había convertido en pintora y por lo que había leído, se le daba muy bien.

“¿Por qué no vas?” se preguntó a si mismo. “No tienes nada mejor qué hacer y tal vez, si la ves, puedas aclarar este embrollo mental que tienes” se dijo sin quitar la vista de la pantalla.

No lo pensó más, cerró el portátil y se levantó de la silla. Fue a su habitación a ponerse unos tejanos y un jersey. Se abrigó y salió a la calle, dirección a la parada del metro.

En poco menos de diez minutos se encontraba andando por la Gran Vía de Bilbao. Al ver los cuatro grados que marcaba el termómetro de la calle se subió los cuellos de la cazadora instintivamente. No estaba lejos del número veintisiete que buscaba, calculó menos de diez minutos, llegaría al poco de abrir la exposición al público. Mientras caminaba hacia allí, de pronto se dio cuenta de que no sabía qué le iba a decir y si ella le reconocería después de tantos años. Tal vez, hasta no quisiera hablar con él.

“Me comporté mal, me piré sin más. Me dijo que la llamara y no lo hice” se dijo.

De pronto, se le ocurrió que no era muy buena idea eso de aparecer como si nada. “¿Qué le voy a decir, te acuerdas de mí?” se preguntó y añadió: “Si, aquel gilipollas con el que te echaste unas risas de fiesta”. Decidió entonces, meterse en la primera cafetería que vio y pedir un café. Sopesó si debía ir o no a la exposición.

“No puede guardarme rencor, fue un rollo juvenil. Si seguro que al poco me sustituyó por otro. Ahora estará casada o vivirá con alguien” se dijo mientras daba sorbos al café. “Estás tonto perdido Jon, esos sueños te han trastocado, ¿desde cuándo te da miedo lo que te vaya a decir una mujer?”.
Terminó la consumición, pagó y salió de nuevo a la calle con paso firme.

Enseguida supo que había llegado a su destino. El mismo escaparate y los mismos cuadros de los de su sueño, incluido el cuadro en que se veía una figura de mujer de cabellos largos y cobrizos inclinada cogiendo agua en las palmas de sus manos.
Por momentos, pensó que aquello estaba convirtiéndose en algo demasiado extraño y enigmático y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sin embargo, entró en la exposición sin vacilar.
Echó un vistazo general y sintió una leve frustración. El lugar era pequeño y tan sólo había cuatro personas y ninguna de ellas era Ane. Tres estaban paradas frente a una de las pinturas. La última, era una joven que estaba detrás de un mostrador y que pronto le saludó ofreciéndole un tríptico:

—Buenos días, bienvenido, tome esta información de la obra de la artista, cualquier cosa no dude en preguntarme.
—Gracias —contestó y empezó la visita por el lado contrario al que estaban las otras personas; ya que estaba allí, vería toda la exposición.

Le gustó mucho. Cada pintura contenía un paisaje diferente desde desértico, rocoso, a acuífero y marítimo. Cada cuadro tenía una inscripción que se componía, de un título, una fecha y la firma de la autora. No aparecían figuras humanas en ninguno salvo el que estaba en el escaparate. Le preguntaría a la chica tan amable si conocía la razón de aquello, antes de irse.
Repitió el recorrido a la inversa terminando en el mostrador.

—¿Le ha gustado, caballero? —preguntó la chica.
—Sí, muy buen trabajo. ¿Tiene algún significado que sólo haya una obra en la que aparece una figura femenina?
—Me ha pillado, no sé la respuesta. En principio, Ane nunca ha comentado nada al respecto pero me parece interesante su apreciación, se la haré llegar a ella.
—Es una lástima que no pueda felicitar personalmente a la artista —dijo Jon esperanzado.
—Ane viene a las tardes y en el fin de semana suele estar todo el día.
—Quizás venga en otro momento para darle la enhorabuena —dijo él sonriente.

La chica le miró como queriendo decir algo y no saber cómo expresarlo, su cara se había vuelto bastante triste.

—Bueno... lamento decirle que debido a un problema personal, Ane no va a venir de momento más a la exposición. Pero no se preocupe, puede dejarle un comentario en el libro de visitas. Ella le estará muy agradecida.

Jon miró a la chica que le tendía un bolígrafo. Sin pensarlo lo cogió y se quedó mirando a la hoja en blanco que él estrenaba. ¿Qué le iba poner? Caviló unos segundos y se decidió:

“En tus pinturas plasmas la esencia del concepto de cada paisaje. En todas sus estilos, en toda su belleza. Felicidades” y firmó.

Al devolverle el bolígrafo a la joven dijo:

—Gracias, ya me voy, sólo pedirte un favor.
—¿Sí?
—Cuando hables con Ane, dile que he venido por aquí, me llamo Jon, tal vez no se acuerde de mí, nos conocimos hace mucho en unas fiestas, en Gorliz.

La cara de la chica volvió a entristecerse.

—No te preocupes, se lo diré.

Jon dio media vuelta y se marchó. Se había quedado con una sensación rara tras la breve charla con la joven de la exposición. Pareciera que que ese problema personal que había mencionado fuera algo serio. Estando ya fuera, miró una vez más el cuadro de la mujer en el escaparate.

Se llevaba la impresión de que algo iba mal y ¿cómo podía averiguarlo él?. Había ido hasta allí con unas preguntas martilleándole por dentro y se iba sin resolverlas, encima con una incógnita más.

Jamás se había complicado tanto su existencia como en esos momentos y menos por una mujer. Aunque algo parecía claro, la exposición existía no sólo en sueños. Acababa de estar presente en ella y despierto por completo.




Continuará...





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